Escuela rural: educación individualizada

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En la Asturias vaciada, cuando un colegio cierra generalmente no vuelve a abrir. Echar el candado al aula suele ser la consecuencia de un proceso de huida de la población joven en busca de un futuro más próspero; el símbolo de una decadencia que amenaza la propia supervivencia del lugar. Para casi todas las localidades que tienen que pasar por ese trance, el escenario resulta irreversible, de ahí que un logro al mantener un Colegio Rural Agrupado -CRA- pueda considerarse como un pequeño milagro para enclaves que cogen aire mientras las grandes urbes aun se ahogan en las consecuencias de la pandemia. En las escuelas unitarias de las zonas rurales no hay aglomeraciones y es posible el trabajo de una manera individualizada. Hoy, 1.786 niños de nuestra región cursan sus estudios, desde Infantil (3 años) hasta 6º de Primaria (12 años), en un colegio de pueblo en 21 concejos diferentes.

Con sede en el núcleo de Castiello, municipio de Villaviciosa, el CRA ‘La Marina’ es el más concurrido: 183 matrículas, que desde 2018, y cada año desde entonces, ha percibido un ligero incremento en su alumnado. En cambio, el CRA ‘Bajo Nalón’, en el concejo de Pravia, ha ido viendo descender el número de estudiantes cada curso. “Este CRA cuando yo vine a trabajar en el curso 2012/2013 tenía centro en los pueblos de Peñaullán, Santianes, Riberas, Agones y Somao”. A día de hoy, sólo sobreviven dos: Agones y Somao, con un total entre ambos de 26 alumnos, 9 y 17 respectivamente, repartidos en cuatro unidades. “Peñaullán sigue funcionando como sede para labores administrativas, como secretaría, dirección o sala de profesores, pero sin alumnado desde el curso 2014/2015”, destaca su directora, Begoña Artime, que explica que  un CRA  “son escuelinas de pueblo de una comarca que tienen una sede común. Los profesores especialistas, como de Educación Física, Música, Religión  o Inglés, son itinerantes, es decir, se mueven de un centro a otro”. O lo que es lo mismo, y en este caso, son dos colegios pequeños de pueblo de localidades cercanas dentro de un mismo municipio que comparten equipo directivo y varios docentes itinerantes.

Estos colegios permiten una forma de funcionar diferente: “Aquí, al ser tan pocos, la atención que podemos darles los profesores es muy individualizada”. Por ejemplo, “si, a uno le cuestan las matemáticas, se pueden trabajar con él y atajar el problema desde el principio, algo que en una clase grande es mucho más difícil por no decir casi imposible. Es una forma de enseñar muy enriquecedora para todos”. Por ello, “para ser profesor en un cole de pueblo te tiene que gustar mucho la escuela rural. Tienes que estar plenamente convencido de lo que vienes hacer. Somos el referente para todas las familias que llevan a sus hijos a un CRA”. A una escuela que no dispone de servicios de transporte, comedor o actividades complementarias: “las familias que deciden enviar a sus hijos a estudiar aquí lo hacen plenamente convencidas de que es lo mejor para ellos, y la relación con esas familias es muy cercana”.

Y es que, los profesores de un CRA, en la mayoría de los casos son auténticos activistas de la escuela rural; maestros vocacionales en permanente formación y convencidos de que esta forma de enseñar ofrece muchas ventajas. Allá donde preguntes, todos los niños dicen, lo tienen totalmente normalizado e interiorizado, que les gusta la mezcla de edades. Los mayores dicen que cuidan a los pequeños y estos, que les encanta estar con los grandes. Durante las lecciones, los docentes se van acercando por grupos explicando la lección a cada curso mientras los otros hacen algún trabajo. Dicen que para los profesionales la fórmula tiene su complicación cuando se enfrentan por primera vez a ella, pero que una vez se organizan, las clases funcionan. “Lo pasas un poco mal el primer año pero luego te adaptas. Esto no lo cambio, llegas mucho más. Es complicado pero apasionante”, concreta Artime, que además de asumir la dirección es profesora itinerante de Música.

Celestino García García -Tino- es tutor de Primaria en Agones desde hace tres años. Durante 15 años alternó la educación pública en colegios ordinarios y en colegios rurales agrupados. Afirma que “este tipo de educación, como en todos los trabajos, tiene sus cosas buenas y menos buenas. En colegios grandes tuve cursos de 27 alumnos en 3º de Primaria. En el aula es más sencillo en cuanto a la materia a impartir, ya que es la misma para todos, y aquí en cambio es diferente. Tengo cinco cursos -salvo 3º de Primaria que no hay matriculado ningún alumno- con 7 alumnos de diferentes edades en una misma unidad, y es más complejo ajustar la asignatura para cada nivel pero también tiene sus ventajas”. Destaca el trato más familiar y el seguimiento individualizado de cada alumno. “A los niños que tienen dificultades, estar con cursos inferiores les sirve mucho porque están en continuo repaso. Para alumnos con más capacidad avanzan lo de cursos superiores. Les motiva y les sirve de reto el ver cosas más complejas”. Para profundizar por curso y en materias más arduas, suelen jugar con las optativas para “una atención todavía más individualizada”.

Dentro de sus puntos fuertes; “mezclar niños de distintas edades, además, hace que se comporten como una gran familia”, añade. “Son grupos compactos. Los niños mayores ayudan a los pequeños y aprenden los unos de los otros a través del trabajo cooperativo”. Ahora mismo, “no cambiaría mi trabajo. Estoy muy cómodo trabajando un CRA, aunque es verdad que se trabaja mucho más. No es lo mismo preparar material para un 5º de Primaria que preparar material para cinco cursos. Hay que hacer la misma tarea cinco veces a diferentes niveles pero, a su vez, tienes mucha más libertad para trabajar conforme estás desarrollando la docencia porque son pocos niños y te permite esa facilidad”.

Estos colegios, a priori, parten de algunas desventajas. Por sus propias características, suelen tener más carencias de instalaciones y materiales que los de ciudad. Pero, sin duda, en cuanto a materia, conocimientos y especialmente en hermandad, las supera y con creces.

En Agones

Miguel Ángel Fernández Toledo es natural de Albacete, Castilla La Mancha. Hace dos años, por cuestiones laborales, se mudó junto a su familia al núcleo praviano de Agones y decidieron matricular a su hijo Miguel en el CRA. Primero, por cercanía. Al estar en el pueblo Miguel podría ir a clase a pie, y  “porque vimos que era un colegio que no se parecía a nada a lo que él venía teniendo en materia escolar. Había estado en un colegio grande, de 500 niños con clases de 25.  Era una oportunidad para disfrutar de una educación más cercana, más próxima y más atenta a sus necesidades”. Miguel, con 12 años, tiene “alguna dificultad de aprendizaje y en los colegios donde iba estaba muy perdido y en Agones ha encontrado su sitio en todos los aspectos”.

Prácticamente, “es como tener un profesor particular continuamente. Porque son 7 niños y el contacto con el profesor es diario”. Vía telefónica, WhatsApp o presencial, “lo que necesites. Estamos al corriente de todas las actividades de cada día”. En resumen, “no podemos estar más contentos con la atención. Nunca antes la habíamos tenido tan cercana. Hemos notado muchísima mejoría en Miguel”, que sin duda es lo realmente relevante.

Y es que “cuando explicaban en su colegio de Albacete, un centro concertado, se perdía. Explican para la mayoría. Si tenía su refuerzo de Pedagogía Terapeútica -PT-, unas horas puntuales, pero en Logopedia no. No había ese servicio y lo teníamos que contratar externamente”. Por ello, se percibe en Miguel la evolución. “Tener todos sus apoyos y un profesor siempre de continuo -Tino- más refuerzo puntual si es necesario.  Él está atendido durante toda la mañana. Ha ganado mucho porque se ve que va asentando cimientos. Todo lo tenía muy desestructurado, iba aprendiendo a tropezones y ve afianzados conocimientos con buena base y se ve más seguro a nivel que va avanzando.”. Aquí, “no está tan clasificado en niveles. Cuando explican algo para los pequeños que tu ya sabes, pues te reconforta y si explican algo para las grandes te quedas con algo pero ya no te preocupa tanto porque te lo explicarán de nuevo en un curso posterior”.

En algunos aspectos, lo que se hace en éstos coles por pura necesidad recuerda a la metodología que proponen caros centros privados de educación Montessori de las grandes ciudades: mezclar niños de distintas edades, pocos chavales en cada clase, una gran implicación de las familias, muchas actividades al aire libre, aprender a través de la experiencia directa. Porque, aunque las nuevas tecnologías han llegado en forma de pizarras digitales, grupos de Whastapp o aulas virtuales para los maestros, estas escuelas no han perdido la relación con la naturaleza, tan importante en los primeros años de la vida.

En Somao

Sara Brioso reside en Llodares, concejo de Castrillón. Buscaba para sus hijos una educación alternativa. Provenían de un centro privado en Gijón gestionado por los propios padres y “teníamos claro que queríamos escolarizarlos en un colegio rural lo más pequeño posible. Conocíamos la escuela de Somao por cercanos, y que los niños ya tuviesen amigos allí fue importante a la hora de decantarnos”. Pero, la entrevista con la dirección -Begoña Artime- “fue determinante”.

En estos momentos, al igual que Miguel, “lo que más destaco y valoro es la relación tan cercana con el equipo docente. Te informan de todo. Están siempre disponibles”.

Además, “nos han apoyado desde el principio. Al venir de un sistema educativo completamente diferente, en el que no se manejaban libros, nos asustaba la reacción de los niños. Se tenían que ajustar a un protocolo. Nos preocupaba ese cambio en la metodología y lo hicieron tan fácil que, a pesar de que había carencias en alguna asignatura como en Inglés, hicieron una adaptación tan confortable que realmente estaba acomodada a los niños”. Es decir, primaron la adaptación del centro al niño y no del niño al centro, “fue muy personalizo”.

De hecho, “teníamos que haber empezado este curso pero nos permitieron empezar el año pasado cuando faltaba un mes para finalizar las clases. Pudimos hacer el cambio para que se habituasen y me permitió ver si nos gustaba o no y estamos encantados. Parece que llevan toda la vida estudiando allí”.

Su hijo mayor, Guille, ahora con 9 años, comenzó en 3º de Primaria, “desde el primer día salió diciendo que le encantaba el colegio, va súper motivado”. Cecilia, con 5, cursa segundo de Infantil.