Pino del país: historia, ciencia y gestión frente al mito del pino foráneo

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Por Gabino Parrondo García, Ingeniero Técnico Forestal de Parrondo Obras y Servicios S.L.

En Asturias, hablar de pino pinaster o pino del país (Pinus pinaster) como especie autóctona o reintroducida todavía provoca sorpresa, cuando no burla, en determinados debates sobre gestión forestal. En redes sociales se le llama invasor o forastero, como si todo pino fuera automáticamente ajeno al paisaje asturiano. Pero la ciencia, la historia y la técnica forestal cuentan otra cosa.

El primer error es confundir el origen de una masa concreta con la naturaleza de la especie. Una masa puede haber sido plantada y la especie seguir siendo autóctona. Que muchos pinares actuales procedan de repoblaciones no convierte al pinaster en exótico. La plantación explica cómo llegaron esos árboles a una parcela; la autoctonía, en cambio, habla de la historia natural de la especie en el territorio. Nadie cuestiona un roble por haber sido plantado en una finca. Con el pino del país, sin embargo, ese prejuicio sí existe. No es un problema de biología, sino de percepción.

La documentación técnica es clara. El Tercer Inventario Forestal Nacional para Asturias distingue entre especies exóticas —como el eucalipto o el pino radiata— y pinos autóctonos, incluyendo el pino pinaster y el pino silvestre. Además, recoge que los datos paleobotánicos avalan la presencia histórica de pinos en Asturias y que, en estos casos, resulta más correcto hablar de especies reintroducidas que de especies alóctonas. Ese matiz importa, reintroducido no significa extranjero; significa que una especie con presencia histórica ha sido favorecida, recuperada o extendida de nuevo en un territorio profundamente transformado.

También el Catálogo Nacional de Regiones de Procedencia incluye Asturias dentro de las regiones del Pinus pinaster, reconociendo una base regional para el material forestal de reproducción. Esto no significa que todo pinar actual sea natural, ni hace falta afirmarlo, pero sí confirma que no hablamos de una especie sin encaje forestal en el territorio.

En la misma línea, el Manual de Selvicultura del Principado de Asturias identifica la variedad atlántica o marítima de Pinus pinaster y recoge su adaptación a suelos pobres, ácidos, someros o con menor disponibilidad hídrica. Es decir, estaciones donde otras especies no siempre ofrecen una respuesta productiva o protectora suficiente.

A esa base técnica se suma una cuestión de futuro. En un escenario de cambio climático, el pino pinaster no debe verse solo como una especie del pasado. Trabajos vinculados al Área de Ingeniería Agroforestal de la Universidad de Oviedo señalan que, bajo previsiones climáticas futuras para el noroeste de España, especies ecológicamente versátiles como el pino marítimo ganarían territorio potencial, mientras otras más exigentes podrían perderlo. Dicho de forma sencilla: el pinaster no solo tiene historia en Asturias, también tiene futuro.

Eso no significa cerrar los ojos a sus riesgos. Precisamente porque puede tener un papel importante en el futuro forestal asturiano, deberíamos dedicar menos energía a discutir si es “foráneo” y más a conservar y mejorar sus masas. En un contexto de nuevas plagas y enfermedades, con amenazas como las bandas foliares o el nematodo de la madera del pino, la prioridad debería ser clara: buena procedencia, mejora genética, diversidad de especies, selvicultura activa y seguimiento sanitario.

Que el Pinus pinaster haya sido conocido también como “pino del país” no debe utilizarse como prueba científica principal, pero tampoco es un detalle menor. En el mundo rural, “del país” suele reservarse para aquello que se reconoce como propio, cercano y aprovechado tradicionalmente: la manzana del país, la vaca del país, la castaña del país. En este caso, el nombre refleja que no estamos ante un árbol extraño para la cultura forestal asturiana, sino ante una especie conocida, trabajada y diferenciada de introducciones más recientes, como el pino radiata.

También hay datos en el propio suelo. El estudio del polen antiguo conservado en turberas, sedimentos y paleosuelos —la palinología— permite reconstruir qué árboles formaron parte del paisaje en épocas pasadas, incluso cuando esas masas ya no son visibles en el monte actual.

En Asturias, trabajos palinológicos publicados sobre la turbera de Las Dueñas, en Cudillero; Monte Areo, en el entorno de Gijón; y el Alto del Forcayao, en Tineo, incluyen referencias a Pinus pinaster o a polen tipo Pinus pinaster en distintos registros paleoambientales y prehistóricos. No se trata de una afirmación genérica, sino de datos procedentes de estudios concretos realizados sobre sedimentos y paleosuelos asturianos.

La documentación histórica refuerza esa idea. En el siglo XVIII se citan pinos útiles para astilleros en concejos como Avilés, Castropol, Luarca o Gijón, antes de las grandes repoblaciones modernas. Además, la Clasificación General de Montes Públicos de 1859 recoge la presencia de pinares en Asturias antes de las repoblaciones masivas del siglo XX.

Para el propietario forestal, este debate no es académico. Tiene consecuencias reales. Asturias no está para despreciar especies forestales mientras avanzan el abandono, el matorral y el riesgo de incendio.

El pino pinaster tampoco tiene solo una lectura productiva. Por su rusticidad, puede cumplir una función restauradora en terrenos difíciles: protege el suelo, reduce la erosión, genera estructura forestal y permite recuperar actividad en fincas pobres o degradadas. En masas bien gestionadas, con densidades adecuadas y luz suficiente, aparece sotobosque y favorece una evolución hacia masas más diversas.

También en relación con el fuego hay que hablar con rigor. El pinaster tiene capacidad de regeneración natural y, en determinados contextos, puede recolonizar terrenos quemados, cubriendo de nuevo el suelo y reduciendo el riesgo de erosión posterior. La clave, otra vez, no es demonizar la especie, sino gestionarla.

Defender el pino pinaster no significa defender su plantación indiscriminada, sino su uso con criterio: estación adecuada, procedencia correcta, densidad razonable, clareos, prevención de incendios y mezcla con frondosas donde tenga sentido.

Reducir el debate a “pinos malos” frente a “frondosas buenas” es una simplificación que no sirve para gestionar el monte asturiano. En parte de la sociedad todavía sorprende que pueda hablarse de un pino autóctono, quizá porque durante años se ha repetido una idea demasiado simple: que todo pino es ajeno y toda frondosa es natural. Las frondosas tienen su sitio, por supuesto pero el pino también. Lo importante es el cómo, el dónde y el para qué.

El pino pinaster, pino marítimo o pino del país no debería dividirnos entre defensores y detractores, sino obligarnos a hacer una pregunta más útil: si estamos mirando el monte con la complejidad que merece o con ideas demasiado simples heredadas del ruido social. El buen monte no se hace con prejuicios, se hace con criterio.